Se ocupó de las cuestiones estéticas en su Tratado de la naturaleza humana y en diversos ensayos. Concibe el gusto como sentido interno y la belleza como sensación placentera de tal sentido. Este placer puede proceder, de la forma o apariencia de los objetos, bien de la simpatía y la idea de la utilidad: surge la belleza de la forma y la belleza de la imaginación. El segundo género de belleza no implica una utilidad real o egoísta, sino imaginaria.
En el ensayo, sobre la norma del gusto, se aborda el problema de la diversidad y unidad del juicio estético. El sentido común nos dicta que el gusto es un sentimiento subjetivo, y al mismo tiempo nos impone la certeza de que ciertas obras de arte son objetivamente superiores. Para resolver esta contradicción Hume apela a una norma que identifica con el veredicto unánime de los críticos competentes.
Diferencia de los gustos y búsqueda de la norma.
Hume busca una regla con la cual puedan ser reconciliados los diversos sentimientos de los hombres. Se abre una antinomia. La posición escéptica, respaldada por el sentido común, niega la posibilidad de hallar tal norma. De hecho todos los sentimientos sobre un mismo objeto son igualmente correctos, pues la belleza no es una cualidad de las cosas mismas, sino de la mente que las contempla. El propio sentido común autoriza la opinión contraria al escepticismo, pues a todos nos parece absurdo que se equipare en valor a artistas pequeños y grandes.
Cinco condiciones y un veredicto unánime.
Hume establece las siguientes condiciones: la primera, la delicadeza del gusto, una sensibilidad que percibe con exactitud los menores ingredientes, los matices más sutiles del objeto juzgado. Las otras condiciones son la práctica de jugar, que mejora la delicadeza, la asidua comparación de obras de distinta excelencia, el estar libre de prejuicios que suelen corromper el gusto, y en fin, el buen sentido que evita la influencia de dichos prejuicios.
Problema de la elección de los jueces.
¿Quiénes responden más sensiblemente a las obras de arte? Aquellos que tienen buen gusto, que son reconocidos por la sociedad, que aclaman al genio y expulsan al impostor.
La acusación más frecuente contra las cinco condiciones es que incurren en un círculo vicioso. Para distinguir las obras de arte excelentes se ha de acudir a los críticos competentes, los que posean las cinco cualidades, pero decidir si un crítico cumple estas condiciones tengo que determinar si aprueba las obras excelentes y condena las malas. Así pues, para poder valorar las obras hay que evaluar a los críticos, y para evaluar a los críticos hay que valorar las obras.
Pero es cierto que las cualidades de la delicadeza del gusto, la falta de prejuicios y el buen sentido pueden identificarse como rasgos de la personalidad independientemente del juicio estético.
En cualquier caso le quedaría por demostrar a Hume: (a) que es posible un acuerdo unánime entre ellos sobre la mayor parte de las obras de arte juzgadas y (b) que dicho acuerdo unánime es, más allá de presiones externas, un indicio de objetividad del gusto.
Problemas del veredicto.
Si existe desacuerdo en las opiniones, puede atribuirse a dos causas: los diferentes temperamentos individuales y los hábitos y opiniones de cada época y país. Según la edad y el temperamento, se dan preferencias distintas: por lo sublime, lo patético o lo grotesco; se prefiere la corrección o la elevación; la energía o la armonía, la simplicidad o el ornamento; por la comedia o la tragedia. Es casi imposible no sentir una predilección por aquello que se ajusta a nuestro carácter y talante.
Por ello hay que valorar el gusto de cada crítico de una forma unitaria, en relación a las diferentes opiniones del resto de críticos. Pero en cualquier caso puede ser que no haya veredicto unánime y que las obras hasta ahora aclamadas no lo sean de igual modo en el futuro, por lo que las reglas humeanas se reducen a una creencia producida por la costumbre y no reguladas por la objetividad absoluta.