Autor de la obra Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo sublime y lo bello (1757-1759).
La novedad que aporta Burke es su tratamiento de lo sublime. La cuestión era bien sencilla; ¿por qué el terror, lo terrible, nos complace, nos deleita? Es cierto que en muchas ocasiones lo terrible nos produce placer, y el autor una vez probada la veracidad de esta afirmación, explica las razones por las que ello es posible a partir del mecanismo de nuestro espíritu.
Para ello estudió los objetos sublimes y los efectos que producen. De ahí deduce que nos complace si no estamos sometidos a sus efectos reales, cuando no participamos de la situación, la contemplamos con una distancia estética.
Frente al dolor como ausencia de placer, Burke determina que es un efecto independiente y no necesariamente penoso si existe distancia respecto al mismo, indiferencia, afirmando que el placer y el dolor son movimientos autónomos.
¿Cuál es la razón de este deleite? No sólo el que surge cuando somos público sino cuando se produce en la vida real. Existen penas negativas, que no producen deleite alguno, son fuente de dolor y frustración, no de sublimidad. Pero paradójicamente existen penas positivas, las que pueden producirnos el peligro intenso o la soledad absoluta.
¿Por qué la sublimidad se da con las pasiones más intensas, con aquellas que afectan a la propia conservación? Los peligros que acechan a la supervivencia producen la suspensión de los movimientos de nuestro espíritu. El terror es la forma común de esta situación. El terror implica dominio de algo o alguien sobre nosotros, de una fuerza superior en sentido absoluto, ante la cual estamos perdidos. El terror puede surgir ante la divinidad o ante el mismo demonio, en ambos casos, la distancia es absoluta y nada podré hacer contra ellos: ante lo absoluto estoy completamente suspenso, inerme, y me doy cuenta de mi finitud, de mi carencia.
Dos son las vías para esta presencia estética de lo absoluto. En la primera, somos testigos de su presencia, pero esa presencia es el espectáculo que se nos ofrece, pero la sublimidad desaparece en el instante en que nos veamos directamente afectados por la violencia de esos fenómenos, cuando perdemos la condición de espectador y nos convertimos en supervivientes.
Lo sublime no admite lo pequeño, sólo lo grande y simple puede ser su vehículo. Existe también una sublimidad no natural, artística, propia de la música, de la poesía y de las artes plásticas.
Lo absoluto no es estrictamente una cualidad física o material, no depende de la magnitud de las cosas (reales o ficticias), es posible hablar de un absoluto moral o espiritual. El héroe es el ejemplo por excelencia de sublimidad moral.